viernes. 02.12.2022

Un Atlético falto de gol sucumbe a la depresión y a la división

El Atlético de Madrid profundiza su estado de depresión con un empate insuficiente ante un Espanyol que jugó con diez casi todo el partido. El inesperado gol del conjunto perico asomó al Atleti a la tragedia hasta que Joao Félix desató su rabia acumulada en un certero disparo. A la falta de gol y a la ansiedad se añadió otro componente: la división social en las gradas del Metropolitano.
Joao Félix puso la rabia y el gol / Foto: ATM
Joao Félix puso la rabia y el gol / Foto: ATM

El partido llegaba en plena depresión social y futbolística para el Atlético de Madrid y ya no se distingue si la traumática falta de gol es causa o consecuencia. Las 27 ocasiones que tuvo el Atlético siempre encontraron una pierna rival, siempre les faltó un centímetro, un poco más de fuerza o un poco menos. Y la que iba por su sitio correctamente dirigida se encargó Lecomte, con un par de intervenciones de mérito, de neutralizarlas. Sólo Joao Félix, en un potente disparo de pura rabia supo combinar las distintas artes del gol para conseguir perforar la meta del Espanyol. A la fiesta de la prueba y error que protagonizó el Atleti con la puerta contraria se unió otro partido en la grada, aún más interesante que lo que se veía en el terreno de juego, entre cholistas y anticholistas, entre los que animan por bandera y los que deciden no animar ahora cuando más se necesita.

DEPRESIÓN EN EL TERRENO DE JUEGO Y GUERRA EN LAS GRADAS

Que la depresión y la ansiedad no permitan un buen juego o un ritmo alto, es una mala noticia pero resulta hasta comprensible. Que el gol se le niegue sistemáticamente a un equipo que dispara más de veinte veces a puerta todos los partidos es un auténtico drama. Sin gol no hay opción de remontar la depresión ni de frenar el runrún que se ceba con el equipo, lo constriñe y lo coloca en el disparadero incluso de su siempre fiel afición. Ni siquiera ante diez supo el Atleti encontrar la vía del gol pero sí fue capaz de abrir paso al escarnio permitiéndose encajar un gol en superioridad, prácticamente en el único disparo a puerta del Espanyol.

El estado depresivo ya alcanza a la grada del Cívitas Metropolitano, más vacía que de costumbre en un horario, que bien es verdad, tampoco resulta muy compatible con la tradicional vida dominical de aperitivo, comida familiar y siesta. Especialmente notorio fue el agujero en la grada del Fondo Sur, donde el Frente Atlético optó por aperitivo y comida fuera del campo durante el primer tiempo, y siesta ya dentro durante el segundo. Se notó la falta de música ambiente aunque el resto de la grada no sucumbió al desánimo y animó, por momentos, pese al poco entusiasmo que se generaba desde el campo. Pero incluso entre los presentes faltó unanimidad cuando un sector de la afición volvió a celebrar como antaño al Cholo Simeone mientras otro sector pitaba los 'olés'. También con la aparición en el descanso del Frente Atlético, que saludó con gestos obscenos a la grada que les pitaba su ausencia.

GRIEZMANN IMPULSA AL ATLETI

Con todo este contexto en la espalda de los jugadores arrancó el Atleti mandón. Griezmann volvió a dar muestras de que es el más interesado en empujar al equipo. No sólo porque es el más clarividente en el ataque sino porque a cada pérdida respondía con un derroche de energía para recuperar el balón y reiniciar el ataque. Tuvo que descender metros con demasiada frecuencia ante un centro del campo inoperante en el que Kondogbia no acertaba y De Paul ponía muchas ganas y tantos errores como aciertos en el pase. Al menos, al argentino se le vislumbra interés.

EXPULSIÓN DE CABRERA

Cuando el Atleti empezaba a sucumbir a la falta de ritmo y de precisión en el último pase (no digamos ya en el disparo) llegó la única acción del encuentro que daba paso a la esperanza. Un balón largo de Reinildo lo peleó en carrera Morata, derribado a 30 metros cuando se quedaba sólo ante Lecomte. Tarjeta roja sin discusión para Cabrera. Pero para el Atleti cada ventaja es un castigo. Si un penalti genera un cisma, una expulsión genera un temblor enfermizo. Contra 10 ya no quedaban excusas posibles, sólo valía ganar y eso, donde falla el carácter, se convierte en una nueva dosis de ansiedad.

No porque no lo intentaran sino porque el ancho de la portería se les vuelve misteriosamente angosto de repente. Desde ese minuto 28 el Metropolitano se llenó 'uys'. Un gol cantado de Molina que se estrella en una pierna que pasaba por ahí, otro de Llorente que aún se pregunta si le robó el gol la misma extremidad que tenía vida propia, un centro de Carrasco al que le falta un centímetro para ser rematado... Casi todo generado por la banda izquierda del belga y de Reinildo, que fue el designado por Simeone para subir metros en la superioridad. 

GOL DEL ESPANYOL Y REACCIÓN DE JOAO FÉLIX

Sin gol se llegó a la segunda parte. Mientras la mitad de la cabeza de los jugadores confiaba en que el gol llegaría por su propio peso, la otra mitad del cerebro seguía jugando con las dimensiones de la portería y con los temblores en las piernas. Salió Correa por De Paul para que encontrara el hueco en la poblada defensa españolista, pero el bravo jugador argentino mezcla partidos en los que está iluminado con otros en los que no le sale nada, y adivinen... Nada. Sólo en una ocasión encontró el disparo franco pero Lecomte, el exjugador del Atleti que nunca llegó a jugar en el Metropolitano, se hizo un homenaje a su paciencia.

El hueco sí fue fácil de encontrar en la portería contraria. Un balón aéreo, ocho jugadores del Atleti y dos del Espanyol. La tocaron los del Espanyol, para centrar y para rematar, Darder, en un agujerito que dejó desprotegido Oblak. El drama se cernía en el Metropolitano en un último giro de guión que ya no sorprende a nadie. Ni contra diez parecía el Atleti capaz de sacar algo positivo. Hasta que salió Joao Félix.

El luso sale al campo cuando parece que ya nada puede ser peor. Es siempre una sorpresa que puede salir mala, en forma de apatía y gestitos, o buena, en forma de actitud, protagonismo y gol. Y tocó esta última, por fortuna, para salvar algo de la dignidad del equipo. Mientras el resto de jugadores seguían fallando disparos a puerta, Joao mostró a todos que la luz está en la rabia. Lemar le mandó un balón medido para que el portugués profundizase por la izquierda. Culminó su internada con un disparo seco, potentísimo, al que Lecomte no pudo ni reaccionar. Un golazo con el que Joao dio rienda suelta a la rabia acumulada en sus piernas y que finalizó con una mirada desafiante al Fondo Sur y gestos de ánimo al resto de la grada. Otra vez, división de opiniones del respetable, que mayoritariamente aplaudió la vía de la rebelión que encarnó esta tarde el portugués.

OCASIONES HASTA EL ÚLTIMO MINUTO

Siguió aplicándola en dosis bien recibidas por una grada desmoralizada con la actitud general del equipo. Lecomte le paró dos, Giménez y Nahuel también la tuvieron en los últimos minutos. Minutos, que esa es otra, se redujeron al máximo tanto por las pérdidas de tiempo de los jugadores del Espanyol, comprensible, como por la exasperante lentitud del colegiado, José Luis Pulido Santana. No sólo fue cómplice de la actitud de los jugadores del Espanyol, sino que parecía un amanuense medieval escribiendo con suma delicadeza los nombres de los jugadores amonestados y mostraba la paciencia de un casco azul de la ONU en cada pugna en un corner, en cada protesta y en cada fingida lesión de un jugador. Su cronómetro tuvo, en cambio, la velocidad habitual.

Así se llegó al final del partido, de los partidos que se jugaron. Nueva decepción en el último encuentro del Metropolitano antes del Mundial y ninguna mejora en los males que aquejan al equipo. Tampoco ninguna actitud positiva que ayude desde fuera, donde muchos se preguntan cuál es la mejor posición a adoptar, si pitar o animar, si estar o no estar, si Cholo sí o Cholo no, cuando lo único que se sabe que funciona es la unidad y la paciencia.

Un Atlético falto de gol sucumbe a la depresión y a la división
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